Una madre abraza a su hija

Cómo aprende nuestro sistema nerviso a sentirse seguro

Aunque no suelo escribir sobre niños, quizá muchos de los que me leéis no sepáis que gran parte de mi trayectoria profesional ha estado vinculada a ellos y a sus familias.

Con los años he ido comprendiendo que trabajar con niños es, en cierta manera, trabajar también con los adultos que llegarán a ser. Acompañar, cuidar y atender sus necesidades emocionales no solo tiene un impacto en su presente; también puede ser una forma de prevenir dificultades y cuidar su futuro.

Porque es durante esos primeros años cuando empezamos a construir la forma en la que nos sentimos con nosotros mismos y con los demás. Y esas primeras experiencias pueden acompañarnos mucho más allá de la infancia.

Por eso, hoy quiero hablar de algo que comienza a construirse en la primera infancia, pero que nos acompaña durante toda la vida: cómo se desarrolla nuestra seguridad interna a través de los primeros vínculos y de qué manera esas experiencias relacionales influyen en cómo aprendemos a sentirnos seguros con nosotros mismos y con los demás.

Porque la seguridad no se construye en soledad.

Durante la infancia necesitamos de otros sistemas nerviosos que nos acompañen y nos ayuden a regular aquello que todavía no podemos regular por nosotros mismos. A través de los vínculos con las personas que nos cuidan, nos acompañan y están disponibles emocionalmente, y de la repetición de esas experiencias, nuestro propio sistema nervioso va incorporando nuevas formas de responder. Poco a poco, aquello que inicialmente necesitamos recibir de los demás podemos ir interiorizándolo y haciéndolo propio.

En esos primeros años, nuestro sistema nervioso está en pleno desarrollo y todavía no contamos con todos los recursos necesarios para regular nuestras emociones de manera autónoma. Por eso necesitamos de adultos que puedan ayudarnos a organizar lo que sentimos, disminuir la intensidad cuando algo nos desborda y recuperar poco a poco el equilibrio.

Y esto no ocurre de una sola vez. Ocurre a través de la repetición.

Una mirada que tranquiliza. Una voz que acompaña. Un adulto que permanece disponible. Un abrazo. Alguien que pone palabras a lo que nos ocurre cuando nosotros todavía no podemos hacerlo. Alguien que permanece a nuestro lado incluso cuando nuestras emociones son intensas.

Son experiencias que, cuando se repiten una y otra vez dentro de los vínculos, se van interiorizando. No aprendemos la seguridad como aprendemos un concepto. La experimentamos. Y, a través de esas vivencias repetidas, nuestro cuerpo va incorporando nuevas formas de sentirse y responder.

Por eso, aquello que muchas veces llamamos «encontrar la calma» quizá tenga más que ver con encontrar seguridad.

La calma no siempre se consigue diciéndonos que tenemos que tranquilizarnos. Muchas veces necesitamos sentir, antes que nada, que estamos seguros. Y esa sensación no se construye únicamente desde lo racional: también se experimenta en el cuerpo. Se siente en una mirada, en una voz, en un tono, en la presencia, en la atención y en la disponibilidad de quienes nos acompañan.

De esta manera, la autorregulación comienza siendo una experiencia compartida. Primero necesitamos que otros nos ayuden a regularnos. Después, a través de la repetición de esas experiencias, vamos interiorizando otras formas de responder y desarrollando, poco a poco, nuestra propia capacidad de regulación.

Por eso los primeros vínculos son tan importantes. No solo porque nos enseñan a relacionarnos con los demás, sino porque también influyen en la forma en la que, más adelante, aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos.

Y esto no desaparece cuando dejamos de ser niños.

Aquello que vivimos y experimentamos en nuestras primeras relaciones puede seguir influyendo en la manera en la que nuestro sistema nervioso responde durante la edad adulta. Nuestro cuerpo puede reaccionar desde aprendizajes que se construyeron mucho antes de que pudiéramos ponerles palabras.

Por eso, muchas veces, cuando en terapia hablamos de «calmarnos», quizá el objetivo no sea simplemente conseguir que desaparezca una emoción o reducir una respuesta. Quizá necesitemos algo más profundo: experimentar seguridad de una manera diferente.

Porque entender lo que nos pasa es importante, pero a veces no es suficiente. También necesitamos vivir experiencias nuevas en las que podamos sentirnos seguros dentro del vínculo, sentirnos acompañados y descubrir que hoy podemos relacionarnos con nosotros mismos y con los demás de una manera diferente.

Y quizá ahí está una parte importante del proceso terapéutico: no se trata únicamente de aprender a calmarnos, sino de poder construir, también desde el cuerpo y desde el vínculo, una experiencia diferente de seguridad.

Una seguridad que, para muchos de nosotros, comenzó a construirse mucho antes de que pudiéramos ponerle palabras.

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